miércoles, 13 de julio de 2011

RADIANTES


La Luna, el satélite natural que gira alrededor de nuestro planeta Tierra, no tiene luz propia y brilla por una razón: refleja la luz del Sol. Si deja de recibir su luz permanece oscura, ya que no es capaz de producir su propio brillo. Algo parecido nos ocurre. Nuestros rostros brillan porque hemos decidido levantarlos hacia el Señor rindiéndonos, convencidos de nuestros pecados, arrepentidos, expectantes de su misericordia y gracia.

El Salmista David describe lo que le ocurre al hombre y a la mujer cuando acuden al Señor:
 Radiantes están los que a él acuden; 
 jamás su rostro se cubre de vergüenza. Salmos 34:5

Puedes acudir a tus padres y parientes cercanos en medio de una crisis,  buscar ayuda de tu psiquiatra o psicólogo, visitar a tu doctor para que te recete los medicamentos que necesitas, visitar a la hechicera o al brujo que te recomendaron, asistir a la conferencia del mejor motivador del mundo, ponerte la mejor ropa, peinar muy bien tu cabello, hacerte el mejor facial del mundo o todo lo que puedas imaginar, pero tu rostro jamás estará tan radiante como cuando haces lo que dijo el Salmista David: acudir al Señor.
Y es que algo maravilloso nos ocurre cuando acudimos a Señor, nuestro rostro irradia algo tan especial, reflejan el brillo de aquel a quien miramos para cada situación en nuestra vida. Así que al mirarle en tiempo de enfermedad recibiremos fe, en medio del temor confianza, en medio de la angustia y ansiedad paz, en medio de nuestro pecado perdón y gracia. Solamente quienes miran al Señor son alumbrados y por ende reflejan el brillo que proviene de su presencia.
¿Qué harás hoy? ¿Mirarás al Señor, acudirás a su presencia?

El Señor te ama y yo también.

Por YORDANKA ARROCHA

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